Oración Lc 14, 25-33: Quien no carga con su cruz y viene en pos de mí, no puede ser discípulo mío

Oración Lc 14, 25-33:  Quien no carga con su cruz y viene en pos de mí, no puede ser discípulo mío. 

Indicaciones iniciales:

Preparamos el espacio en el que vayamos a tener la oración (sala o capilla) de forma agradable. En el centro colocamos la Palabra por la lectura que proclamaremos (si tenemos puede ir encima de un cojín o telas), al lado una vela grande. Junto a la Palabra, colocaremos una cruz grande.

Para esta oración será necesario disponer de música de fondo desde el inicio, y las luces mínimas que sean suficiente para iluminar el espacio.

Materiales:

  • Biblia
  • Velas y cerillas/mechero
  • Telas/cojín
  • Bolígrafos
  • Cuaderno o papel donde poder escribir personalmente
  • Copias impresas de las lecturas
  • Música para poner de fondo. Altavoces.
  • Una cruz grande
  • Trocitos pequeños de papel

Esquema:

  1. Introducción y canto
  2. Lectura del Evangelio
  3. Oración guiada.
  4. Gesto
  5. Canto final

1- Comenzamos el tiempo de oración situando, ambientando a los participantes a que disfruten de este tiempo de gracia y de encuentro con Dios.

Para ayudar a esto, comenzamos haciéndonos dóciles al Espíritu, poniéndonos en sus manos, para que este momento sea de Dios y sólo de Él. Lo hacemos cantando Tengo fe en ti (letra y acordes aquí)

2- Anunciamos que vamos a proclamar el Evangelio. Nos levantamos para leer pausadamente la Lectura de pie, y de la Biblia:

Evangelio según san Lucas 14, 25-33:

En aquel tiempo, mucha gente acompañaba a Jesús; él se volvió y les dijo:
«Si alguno viene a mí y no pospone a su padre y a su madre, a su mujer y a sus hijos, a sus hermanos y a sus hermanas, e incluso a sí mismo, no puede ser discípulo mío.
Quien no carga con su cruz y viene en pos de mí, no puede ser discípulo mío.
Así, ¿quién de vosotros, si quiere construir una torre, no se sienta primero a calcular los gastos, a ver si tiene para terminarla? No sea que, si echa los cimientos y no puede acabarla, se pongan a burlarse de él los que miran, diciendo:
“Este hombre empezó a construir y no pudo acabar”.
¿O qué rey, si va a dar la batalla a otro rey, no se sienta primero a deliberar si con diez mil hombres podrá salir al paso del que lo ataca con veinte mil?
Y si no, cuando el otro está todavía lejos, envía legados para pedir condiciones de paz.
Así pues, todo aquel de entre vosotros que no renuncia a todos sus bienes no puede ser discípulo mío».

3-Tras escuchar la lectura, dejamos un tiempo de silencio.
En este tiempo se invita a que cada uno personalmente, relea la lectura. Cuando haya pasado un tiempo prudencial,  vamos a comenzar la oración guiada, en esta oración les invitaremos a disfrutar de todo lo que la Palabra les quiera transmitir.

Es importante que quien dirija la oración hable despacio y transmita en todo momento tranquilidad, no hay prisas. La música de fondo que acompañe el momento, debe escucharse pero no molestar al que habla, y siempre generando un clima agradable.

Invitamos a adoptar una postura cómoda, en la no estemos molestos durante el ejercicio. Tras esto, y para ir relajando el cuerpo para poder disfrutar por completo de la oración, les decimos que respiren pausadamente, siendo conscientes de todo el proceso de la respiración. Seguidamente se les dicen que cierren los ojos y que simplemente se dejen llevar por la oración guiada y por aquello que el espíritu les quiera sugerir.

(A continuación ponemos un caso de oración guiada, pero cada grupo lo puede adaptar según vea conveniente).

“Mucha gente acompañaba a Jesús”. Eran multitudes las que durante algún tiempo estuvieron escuchando a Jesús a su maestro, pero no sólo le escuchaban, sino que les acompañaban. También tu estás llamado a acompañarle. Te llama a ti, por tu nombre, y te invita a que le acompañes. Hoy eres también uno de ellos, imagínate como uno más de toda esa gente, rodeado de otros curiosos o seguidores como tú, que quieres saber que tiene que decirte, (deja un tiempo). Al frente va Jesús (deja un tiempo).

Jesús en un momento dado, se vuelve y dirige su palabra a ellos, a ti. Habla con paz, con tranquilidad, con ternura, pero con firmeza y te dice: “Si alguno viene a mí y no pospone a su padre y a su madre, a su mujer y a sus hijos, a sus hermanos y a sus hermanas, e incluso a sí mismo, no puede ser discípulo mío.” (Repite esta frase de nuevo, muy despacio, y deja un pequeño tiempo).

El maestro, no se anda con rodeos, si le queremos seguir, si queremos ser auténticos, Él tiene que estar primero. Él es el tesoro escondido, en él todo cobra sentido (deja un tiempo).  Sólo siguiéndolo a Él con libertad y con amor, podremos servir y amar más y mejor a nuestro padre, madre, mujer, hijos, hermanos y hermanas.  Jesús nos conoce bien, sabe que sólo si nos libramos de nuestro propio y natural egoísmo, podremos hacer su voluntad: “amad al prójimo como a ti mismo” (deja un tiempo).  Fija tu mirada en Cristo, él te mira con amor mientras te dice esto, siente su inmenso amor, su infinita misericordia (deja un tiempo).

Jesús añade: “Quien no carga con su cruz y viene en pos de mí, no puede ser discípulo mío”. Jesus no te dice, olvidate de tu vida y sígueme, u olvida a todos y a todos tus problemas y sígueme, ¡no! Él te quiere a tí con todo lo que eres, te quiere completo (deja un tiempo). Él quiere que abraces tu vida, con todo lo que tienes, tus alegrias pero también tus debilidades, flaquezas y dificultades, que las abraces muy fuerte y le sigas…pero porque él te ayudará a cargar. Él siempre te ayudará y te acompañará a cargar tus cruces. ¿Cuáles son tus cruces? (Deja un tiempo). Siente esta cercanía, este amor que se arrodilla ante tí, para ayudarte a cargar todas tus cruces…(Deja un tiempo de silencio).

“Todo aquel de entre vosotros que no renuncia a todos sus bienes no puede ser discípulo mío”…Jesús insiste, no se cansa nunca de insistir, quien no renuncia a todos sus bienes, no puede ser discípulo suyo…¡Nos conoce tan bien!: Lo atado que estamos a nuestras comodidades, las esclavitudes ocultas en tantas cosas…tu sabes bien cuales son esas esclavitudes, lo que no te hace libre para estar atento a las necesidades de los demás, las que te hace refugiarte en tí mismo sin tener tiempo si quiera para acordarte del Padre que te ama. Piensa en esas esclavitudes, ponles nombre, identifícalas: puede ser internet, el móvil, las tecnologías, los estudios, el trabajo, el egoísmo, la pereza, el placer, el disfrutar…Sólo tú sabes, que es lo que te esclaviza. (Deja un tiempo). Toma todas esas esclavitudes, y preséntaselas a Cristo, que te esta hablando, que te mira con ternura y quiere liberarte, quiere que le sigas en libertad. (Deja un tiempo de silencio). 

Jesús, siempre va primero, nos ha abierto camino, te ha abierto el camino. Quiere que le escuches, que le mires y que estés atento a lo que él te pide. Hoy quiere ser tu prioridad, sólo siendo él la prioridad de tu vida, podrás amar y estar atento a los demás. Hoy quiere ayudarte a cargar tus cruces, Hoy quiere que nada te impida seguirlo. (Deja un tiempo)

Invitamos ahora volver a abrir los ojos, a movernos un poco si nos es necesario. Y sobre todo a ser consciente del momento de gracia que hemos recibido.

Volvemos a cantar: Tengo fe.

4-Gesto-Compartir: 
Para compartir un poco lo que ha sido este rato, podemos dejar un breve tiempo, para escribir en el cuaderno lo que nos ha suscitado la oración, lo que hemos disfrutado, lo que hemos sentido, lo que hemos orado.  SI lo vemos oportuno, se puede tener también un tiempo de compartir.

Tras esto, le indicaremos que escriban en los papeles pequeños que le daremos (puede ser más de uno), las cruces de nuestra vida que tenemos que abrazar. Cuando esté escrito, sabiendo que solos no podemos con ellas, se las presentaremos a Cristo, diciéndolas en voz alta para que el hermano ore por nosotros y también de su mano la carga sea más fácil; y la colaremos sobre la cruz grande que hay colada en el centro de nuestra oración. Si ayuda podemos usar las siguientes fórmulas: Maestro ayúdame a cargar con… o bien: Gracias Maestro por ayudarme a cargar con…

5- Este tiempo de oración finaliza acordándonos María, ella que nos fue dada como Madre al pie de la cruz, nos acompaña siempre en nuestro caminar, y nos ayuda a mirar a su hijo, a escucharle y hacer siempre su voluntad.  Cantamos juntos el Magníficat de Taizé (letra y acordes aquí )

 

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